Historia y algo más de la Encuadernación

Historia de la Encuadernación

Encuadernación es el término con que se designa el resultado de un complejo proceso de actividades, que consiste en la unión de determinada cantidad de hojas de pergamino o papel, escritas o impresas, agrupadas en cuadernillos, para formar un cuerpo que se denomina libro.

El arte de la encuadernación, tuvo su comienzo al transformarse el rollo de pergamino o papiro, que resultaba de muy difícil manejo por su forma y dimensiones. El objetivo principal de la encuadernación es la conservación del texto escrito.

Los artesanos y artistas que se dedicaron a este oficio no realizaron muchos cambios técnicos durante el tiempo, pero si crearon una extensa variedad de estilos, dejando plasmada en sus trabajos la huella estética correspondiente a cada época.

Al principio las tapas consistían en dos tablas de madera sujetas por unas cuerdas al cuerpo del libro, las cuales con el tiempo, pasaron a ser verdaderas obras de arte, con preciosas miniaturas, iluminaciones, trabajos de orfebrería, que alcanzaron su máximo esplendor en el período bizantino. En esta misma época se desarrolló otro tipo de encuadernación con características mucho mas sencillas, realizado en los Conventos. Este estilo se denominó encuadernación gótica por coincidir con el período gótico del siglo XIII (las tapas de los libros se cubrían con pergamino).

Las técnicas decorativas del lomo y tapas de la encuadernación mantuvieron una tradición larga y con doble influencia, a través de los artesanos del norte de África y de los monjes irlandeses que trajeron la técnica al continente europeo.

Por ejemplo como cubierta de las tapas se utilizaron planchas de metales preciosos, marfil, esmaltes, piedras preciosas, así como madera tallada. Por otro lado los códices con recubrimiento de piel se decoraban con la técnica llamada gofrado, que se realizaban utilizando pan de oro.

En aquella época el libro era un objeto valioso y muy caro, tanto como puedieran ser las alhajas, por lo que frecuentemente se exigía, para la confección de un libro, un contrato ante notario. El incumplimiento de dichos contratos podía conllevar a juicio y posiblemente pena de prisión.

De esta manera, las encuadernaciones podían revestirse de diferentes formas: los códices de lujo se recubrían con seda, damasco y terciopelo, bordados o decorados con oro y plata, piedras preciosas, esmaltes y marfil; en los manuscritos de uso común se utilizó piel, pergamino o tela. Clavos, cantoneras y bullones servían para proteger las cubiertas de la encuadernación.

Estilos de Encuadernación
La técnica de estampación en frío o gofrado es tan antigua como la propia encuadernación. Los ejemplares mas antiguos que se conocen son bizantinos y los hallados en ma mezquita de Kairuan, Túnez (siglos IX y X) y en Marruecos en la época almohade. Este procedimiento de encuadernación se utilizó hasta el siglo XIV, en que comienzan a introducirse algunos detalles en dorado. A esta técnica le siguió la realizada en piel roja con abundantes estampaciones en oro, con mayor o menor complejidad decorativa y auxilio de policromía (gran difusión en el siglo XV). En España se creo un estilo peculiar conocido como mudéjar español, variante del hispano árabe, donde se funden elementos románticos y góticos con otros de la tradición islámica.

A mediados del siglo XV, con la introducción de la imprenta en Europa, comienza a hacerse popular la encuadernación. Hasta entonces el libro se consideraba un objeto de limitada difusión, confinado generalmente en monasterios y universidades y, muy próximos a estos lugares se situaban talleres de copistas.

La demanda de los libros obligó a crear nuevas técnicas dentro de la encuadernación, como la producción en serie, sin perder por ello el aspecto artesano y estético que la venía caracterizando. Estas modificaciones se notaron más en la ornamentación de los libros. La técnica del uso de hierros individuales para componer diseños dejó paso al de planchas que, de un solo golpe, reproducían la imagen completa, y su diseño fue evolucionando hacia el gusto estético del Renacimiento.

En el siglo XVI, el movimiento renacentista parece destacar por su tónica bastante uniforme: bordes de rectángulos concéntricos, con líneas rectas aplicadas con ruedecillas grabadas. En el tema central predomina el motivo heráldico o geométrico, a veces con cuadrado, rombo o estrella. La ornamentación con follajes, medallones, cuerdas, fauna y flora.

En el siglo XVII apareció un nuevo estilo decorativo derivado del estilo barroco. Los motivos dorados rellenan toda la superficie y dan lugar a decoraciones donde abunda el oro.



Estilo Bizantino (IV-XIII)



Originado en Constantinopla, aparece a finales del siglo IV y se desarrolla hasta mediados del siglo XIII. La encuadernación más corriente en este estilo es la denominada de cartera, con una prolongación de la tapa posterior, en forma de solapa, sobre la tapa superior.

Entre los siglos IX y XV se desarrolla la encuadernación monástica, realizada con tapas de madera recubiertas de cuero, en las que destacan especialmente el cosido sobre los nervios, las cabezas reforzadas y los bullones en las tapas con cierres y cantoneras.


Estilo románico (XII-XIV)
El estilo decorativo en la encuadernación románica toma sus motivos de formas arquitectónicas como arcos, torres o fachadas.


Estilo gótico (XIII-XVI)
Surge a finales del siglo XII a causa de la corriente estética que se desarrollaba en esos momentos. Fue muy difundido por toda Europa, los motivos principales son figuras inscritas en plaquitas cuadradas o triangulares: torres, leones, cabras, etc. Los mas sencillos tienen el lomo y las tapas decordas con simples filetes diagonales o rombos. También se le conoce como gótico monástico.

Estilo mudéjar (XIII-XVI)

Fue un estilo muy peculiar, creado y desarrollado en España durante el período gótico, derivado de la combianción de la cultura occidental con la cultura islámica, que alcanzó su mayor esplendor en los siglos XIV- XV. Sus características principales son: la piel de recubrimiento trabajada mediante la técnica del gofrado o estampación de relieve, y el diseño formado por una combinación geométrica de líneas.

Estilo renacimiento (XV-XVII)
Estilo que nace en Italia y destaca por su elegancia y lujo. Se realizan grandes composiciones con pequeños hierros con motivos procedentes de la arquitectura.

Estilo barroco (XV-XVIII)

Estilo que consiste en llenar por completo las tapas con estructuras de cuadrados y hexágonos, decorados con hierros sueltos estampados en oro. En los diseños de las encuadernaciones españolas influyeron mucho los bordados populares de Toledo, Salamanca, Zamora y las Alpujarras.

Estilo plateresco (XVI-XVII)
Creación española basada en la línea estética propia del siglo XVI, que se puede considerar como una mezcla de los estilos renacentista e isabelino. Sus características fundamentales son: la abundancia decorativa, imitando a los bordados, y la semejanza con el trabajo realizado por plateros y orfebres.

Estilo fanfare (XVI-XVII)
De composición muy cargada, sus principales características son el trazado de doble línea o filete formando rombos, y la composición realizada con hojas y pequeñas flores.


Estilo abanico (XVII-XVIII)
Su característica consiste en la disposición radial del tema, semejante al varillaje de los abanicos, tanto en sus cuatro costados como en el centro.


Estilo pointillé (XVII)

Tipo de filigrana que se asemeja a los encajes, conseguida al grabar con hierros punteados.

Estilo rococó (XVII-XVIII)




Toma el nombre del estilo artístico que sucede al barroco. Se caracteriza por sus motivos ornamentales, que en su mayoría son la flor y las hojas del acanto.


Estilo neoclásico (XVIII-XIX)

Este estilo surge a finales del siglo XVIII, como una reacción al desmesurado y extravagante estilo barroco. Se caracteriza por su sencillez en la composición de los temas ornamentales basados fundamentalmente en líneas rectas y grecas.

Estilo cortina (XVIII)
Creado y desarrollado en España a finales del siglo XVIII. Realizado sobre pieles de vivos colores o pasta valenciana, sigue conteniendo los enmarcados propios del Neoclasicismo, situando en las esquinas líneas semejantes a cortinajes que se sujetan en el centro.


Estilo catedral (XIX)
La frialdad del neoclasicismo inicia el desarrollo de un nuevo estilo a mediados del siglo XIX denominado de catedral, por imitar los diseños de las ventanas góticas.

Estilo romántico (XIX)



Nace en Alemania como protesta a las formas clásicas. Inspirado en los valores espirituales de la Edad Media, con la aportación del buen gusto y refinamiento francés.


Estilo modernista (XIX)
Trata de romper con la tradicional concepción de arte vigente, grandes curvas, largas y ondulantes con motivos vegetales y elementos fantásticos.

A finales del siglo XVIII, surgió un grupo de artistas vinculados al impresor Benito Monfort y al encuadernador Benito Fuster, que comienzan a producir nuevos diseños, creando la escuela valenciana. A partir de esa época, los encuadernadores se dedican a recrear y mezclar la diversidad de estilos existentes.



Fuente: 
Vergara Peris, José. Conservación y restauración de material cultural en archivos y bibliotecas. Valencia: Generalitat Valenciana, 2005.238 p. 

Recopilación por: Felipe Gilabert Rodríguez


Encuadernaciones y Costuras

Bradel

La encuadernación Bradel, es una técnica de origen alemán desarrollada en el siglo XVIII por el encuadernador francés Alexis-Pierre Bradel. Se caracteriza por el empleo de tres piezas independientes -lomera y tapas- que se ensamblan y por el espacio –canal- dejado entre las tapas y el cajo. En un principio, fue ideada como una forma provisional y de ejecución rápida pero ha ido evolucionado a lo largo de los años y hoy en día la podemos ya considerar como una de las formas clásicas y permanentes en las técnicas de encuadernación.






Costura Belga

En la década de 1980 Anne Goy  desarrolló este sistema de encuadernación, para los hispanos se llama encuadernación belga y para el resto “secret belgian binding” con la idea de que el libro se abriera completamente partiendo  del aspecto de la encuadernación japonesa. Su idea la mostró a pocas personas pero las suficientes para que esta encuadernación se fuera popularizando,  Hedi Kyle y Emily Martin fueron grandes impulsores de este método.
Esta encuadernación de fácil ejecución se construye partiendo de unos cuadernillos  sobre los que se tomas medidas, y con ellas se confeccionan  las tapas y el lomo; las tapas y lomo se cosen entre sí de modo que nos sirva el conjunto (tapas y lomo) como soporte para el cosido posterior de los cuadernillos.



Copta

La encuadernación Copta fue de  las primeras formas de preservar unos cuadernillos escritos  con  unas tapas de madera, y todo el conjunto, cuadernillo  y tapas,  unidos mediante un cosido, normalmente con nudo cadeneta.
El término copto hace referencia a los egipcios y etíopes que profesan algún tipo de fe cristiana, ya sea en la Iglesia Copta, en la Iglesia Ortodoxa Copta, en la Iglesia Católica Copta o en la Iglesia Evangélica copta.
Este sistema precisa pocas herramientas para llevarlo a cabo, y unido a que se presta a decorarlo con todo tipo de materiales no ha perdido su vigencia, prueba de ello es que hoy día se sigue realizando y confeccionado por una gran cantidad de artesanos y de amantes de la encuadernación.




Encuadernación Japonesa

Tan peculiares técnicas de impresión y de plegado tenían como consecuencia una estructura interna que difiere en varios aspectos de la propia de los libros occidentales. Nos centraremos únicamente en los impresos en formato fukurotoji, al ser los más habituales.

En primer lugar, debe advertirse el hecho de que estos libros sólo podían almacenar la mitad de información que un libro europeo en formato códice. Lo mismo ocurre con los otros dos formatos en rollo o en acordeón, pero con este otro formato dicho fenómeno puede que no sea percibido por un lector occidental. Un libro japonés fukurotoji, externamente, aparenta ser muy parecido a un codex, la finura y trasparencia del papel washi obliga a plegar hacia el interior cada uno de los bifolios que los componen y, en consecuencia, sólo se imprimía un lado del pliego, quedando el otro en blanco.

 Al almacenar la mitad de la información, tanto en China como en Japón se  optó por producir libros en varias partes, que evitaran la encuadernación de gruesos  volúmenes. Estas partes son de muy escasa extensión, en comparación con nuestra mentalidad, y en realidad, atendiendo al número de hojas de cada una, no son tanto volúmenes como fascículos de entre 50 y 60 páginas dobles. A estas divisiones físicas se las denomina en Japón satsu¸ mientras que las divisiones internas (o capítulos) reciben el nombre de hen o shû, divididos a su vez, según el tipo de obra, en 5 o 10 maki (volúmenes)

La endeblez de estos maki o fascículos explica también que la encuadernación se limite a un fino hilo de rosca, que une los bifolios plegados a las tapas. Esta costura es visible al exterior (no hay necesidad de ocultarla) y facilita la apertura de los libros. Fue adoptada desde China.

Las cubiertas más antiguas, siglos XVI y XVII, se elaboraban con papel washi o kozo prensado, tintado habitualmente en azul, rojo o amarillo pálido, y sin ningún tipo de decoración. Ésta era innecesaria, pues la auténtica cubierta radicaba  en sus cajas o honbako. Únicamente se pegaba sobre la tapa anterior el daisen, una tira de papel, vertical, donde aparece impreso o escrito a mano el título de la obra, o gedai, y el número de maki.

A fines del siglo XVIII, sin embargo, se constata ya la aparición de cubiertas decoradas con motivos vegetales o florales, en relieve o acolchados, lo que parece indicar la intención de los autores, o de los impresores, por ofrecer unas ediciones  más atractivas comercialmente. Este cambio coincide con el desarrollo creciente de una sociedad urbana en Japón, y por tanto, con la aparición de nuevas demandas por parte de los lectores, tanto con respecto a los temas de los libros impresos como con respecto a su apariencia exterior.

La competencia comercial pronto provocó que las cubiertas de los libros experimentaran nuevos cambios. En las ciudades se desarrollaron mercados específicos para libros, donde las obras se exponían al público callejero. En el Tokaido meisho zue (1797) se ofrece una estampa de estas librerías, abiertas a concurridas calles. Se trata de la librería propiedad de Izumiya Ichibei (III). Su trayectoria profesional nos ejemplifica el auge del comercio del libro en esta época. En 1790 fue uno de los miembros fundadores del Gremio de impresores y libros (Jihon toiya), trabajando entre 1812 y 1813 como censor. 

Pocos años después se empezó a añadir en las tapas de los libros una ilustración alusiva para acompañar al daisen, que pasó así a denominarse edaisen. Hasta este momento la esplendida tradición de la ilustración xilográfica de los libros se había reservado al interior. Con buen criterio comercial, la utilización de los edaisen, normalmente coloreados, permitió trasladar a las cubiertas escenas de gran viveza, seleccionadas, obviamente, para captar rápidamente la atención de los clientes.

El siguiente paso, como era lógico, fue el de extender la ilustración a toda la superficie de la cubierta. Ocurrió hacia 1850-1860, es decir, en el período más rico del e-iribon o libro ilustrado japonés. Se trata de relatos cortos, destinados a un consumo popular y profusamente ilustrados. Sus contenidos varían entre las historias de heroísmo (kinpira-bon), la literatura erótica (koshoku-bon) y vidas  así como libros de cortesanas famosas o de actores de Kabuki (hyoban-ki). Las tapas anteriores, expresivamente decoradas, siguen modelos propios del ukiyo-e, y en las tapas posteriores se perpetuaron los anteriores modelos decorativos de carácter geométrico o vegetal, ya citados.

Una característica especial de estas encuadernaciones ilustradas, propias de los e-iribon, es que los impresores formaban con ellas auténticos dípticos, trípticos e incluso polípticos. Sorprende comprobar cómo la escena se desarrollaba sucesivamente en las tapas de los varios makis que componían una obra completa. Como muchas de estas novelas se vendían por entregas, al estilo de los folletines europeos, esta era una manera de "fidelizar" a los lectores.
Estas encuadernaciones ilustradas solo se aplicaron a libros de temática iribon, pero constituyen un ejemplo de excepcional modernidad, imitada posteriormente por las editoriales europeas y americanas hasta la actualidad.



Costura Japonesa